Opinión
Comunicación IA a IA
¿Estamos convirtiéndonos en el cuerpo de la IA?
Algo ha cambiado sin que nos demos cuenta
Imagina esta escena. Alguien redacta un email con ayuda de una IA. Desarrolla una estrategia con otra. Lo envía a una agencia. Esa agencia usa su propia IA para analizar la propuesta, preparar la respuesta y redactar el email de vuelta. Dos personas han “hablado”. Pero en el medio, todo ha pasado por máquinas.
¿Es eso una conversación entre humanos? ¿O es una conversación entre sistemas de IA en la que los humanos han hecho de mensajeros?
No tengo una respuesta clara. Pero sí creo que merece la pena hacerse esa pregunta.
De persona a persona, a máquina a máquina
Durante toda la historia de la comunicación humana, el canal ha cambiado. La carta, el teléfono, el email, el mensaje instantáneo. Pero en todos esos casos, lo que viajaba era el pensamiento de una persona hacia otra.
Lo que está pasando ahora es diferente. No es solo que usemos herramientas para comunicarnos mejor. Es que en muchos casos el contenido mismo, las palabras, la estructura, el tono, lo genera una IA. Y al otro lado, otra IA lo procesa, lo interpreta y genera la respuesta.
Nosotros estamos en el medio. Apretamos enviar. Leemos el resultado. Tomamos la decisión final. Pero ¿cuánto de ese proceso es realmente nuestro?
El embodiment: nosotros como cuerpo de la IA
Hay un concepto en robótica e inteligencia artificial que se llama embodiment. La idea de que para que una IA sea verdaderamente inteligente, necesita un cuerpo. Necesita interactuar con el mundo físico, sentir fricción, temperatura, resistencia. Sin cuerpo, la inteligencia es abstracta, desconectada de la realidad.
Durante años se ha especulado sobre cuándo le daremos cuerpo a la IA. Robots humanoides, vehículos autónomos, drones.
Pero hay algo que me resulta fascinante y perturbador a la vez: puede que ya lo hayamos hecho. Y puede que ese cuerpo seamos nosotros.
Le pedimos una receta a la IA y vamos a la cocina a cocinarla. Le pedimos una estrategia y vamos a ejecutarla. Le pedimos un email y vamos a enviarlo. La IA piensa. Nosotros actuamos. ¿Quién está sirviendo a quién?
No lo digo como certeza. Lo digo como pregunta que no me sale de la cabeza.
El precio de ser intermediarios
Si nos convertimos en intermediarios entre sistemas de IA, hay algo que se pierde en ese proceso. Y no es solo eficiencia o autenticidad en la comunicación.
Es práctica. Es músculo.
Escribir un email requiere pensar qué quieres decir, cómo estructurarlo, qué tono usar, qué omitir. Desarrollar una estrategia requiere conectar ideas, anticipar consecuencias, tomar decisiones con información incompleta. Si delegamos esos procesos de forma sistemática, dejamos de ejercitarlos. Y como cualquier músculo que no se usa, se atrofia. Es algo sobre lo que tengo intención de escribir más en profundidad en próximos writings, porque creo que merece su propio espacio.
¿Fascinante o preocupante?
Las dos cosas, creo. Y probablemente esa tensión es la respuesta más honesta.
Es fascinante porque lo que está pasando no tiene precedentes. Nunca antes en la historia había existido una tecnología que pudiera mediar en la comunicación humana a este nivel, no solo transportando el mensaje sino generándolo.
Es preocupante porque no sabemos bien a dónde lleva. Si la comunicación entre personas pasa a ser cada vez más comunicación entre sistemas, ¿qué queda de la conexión humana real? ¿Qué queda del pensamiento propio? ¿Qué queda de la responsabilidad sobre lo que decimos?
No tengo respuestas. Pero sí tengo la sensación de que estas preguntas importan. Y que convendría hacérnoslas antes de que la respuesta ya no dependa de nosotros.